miércoles, 30 de abril de 2014

Migas de papel en el andén

VI
Lo expuesto en puntos anteriores han sido recopilaciones de información para mostrar el trabajo analítico, reflexivo y comunicativo, con el objetivo de dejar ideas para debates, críticas y sugerencias. Sin embargo, no hacen parte de la asignatura producción de prensa, pero le dan un cuerpo a este blog. Lo siguiente viene de la mano de otras lecturas y observaciones con un estilo narrativo e informativo, lo cual no es calificable, sino más bien dejar en este blog ideas que muestren una realidad. Lo siguiente entonces, son otros apuntes que también no están bajo una directriz fechas que marquen un diario a seguir. Lo que se pretende es, como ya se ha dicho, abrir debates para generar nuevo conocimiento. 

Crónica uno

MIGAS DE PAPEL EN EL ANDÉN

     Hay un camino de migajas de papel que a cada paso deja en la  acera como si fuesen vestigios para ser encontrado por la vía Maturín, por donde él sigue haciendo rutas en zigzag al compás de su cuerpo maltrecho, sucio, fétido.

     Él camina por la calle peatonal Carabobo; en su trayecto revisa los botes de basura para encontrar papeles azules, amarillos, blancos, rojos; se queda con ellos para rasgarlos uno a uno, a la vez que los suelta con su despacioso caminado en el que deja su estrés, pues el cortar papeles es desestresante, y así se dirige a la Iglesia de la Vera Cruz.

    Él, anda a paso lento hacia el Palacio Uribe Uribe, con su camisa grisácea, pantalón café, chanclas tres puntadas, lleva en el hombro una bolsa y en la cabeza un sombrero verde espinaca; de esta manera, deja atrás pequeños signos de su olor y papeles como si fueran sobras de ausencia, búsqueda de sueños ahuecados ¿Todo eso para hallarse, devolverse? Lo que pasa es que son huellas de sus pies llenos de polvo que lo rodean y lo llevan por las aceras de los Centros comerciales que desplazaron a las cantinas, las prostitutas, dando paso al comercio popular.

     Él sigue con su cuento infantil ahora por la calle peatonal de Junín, buscando hojas de colores y a veces descubriendo dentro de esos botes vasos medio vacíos de gaseosa, jugos, cafés y si está de buenas sobras de comida como arroz, papas fritas, tajadas de platano, entre otros alimentos que la gente deja porque está vinagre o porque simplemente lo dejan para que alguien, como en el caso de él, lo recoja y se alimente y así seguir con su miseria humilde sin molestar a nadie ni por su llanto ni por su hambre que nunca termina como sus parásitos que lo alimentan de esperanza.

     Guillermo Gutiérrez solamente para eso sobrevive, pues desde que llegó en los años 80’s desde Santuario de la vereda Portachuelo, en la que perdió a su familia  por la guerrilla que desolaba, desplazaba a diestra y siniestra todo cuanto campesino viviera por esa zona, así mismo en Granada, Marinilla.

    Entonces, cuando llegó hace tres décadas fue a parar en una ‘casucha’ cerca de Moravia, la cual fue comprada con lo poco que subsistió cuando tuvo que huir de su pueblo, en especial de la vereda Portachuelo, en una de esas mangas, él tenía su rancho  donde labraba la tierra, sembraba allí hortalizas y verduras hasta que una noche unas botas empantanadas pisaron los corredores de su casa, pidiendo de forma arbitraria esa tierra o un tributo; luego todo fue gritos, sangre, huir.

    A los pocos días de instalado, se fue de eso a las seis de la mañana a Guayaquil –llamado hoy en día como ‘el hueco’-, en búsqueda del ‘rebusque’. Montó en la acera cerca del almacén Los Marinillo –un local en el que venden ollas y enceres-, su carrito de mercancía que difería según el momento, si era temporada decembrina, entonces se conseguía todo lo pertinente a ello: luces, pesebres, juguetes, postales.

    Si era temporada escolar entonces exhibía todo cuanto al papel de dibujo se refiere, como también al de escritura, y de paso la muestra en público de lápices de colores, de marcadores, borradores de todos los tamaños, sacapuntas y la cartilla Nacho, el libro inicial de lectura.

    Otras veces, si era temporada de madres, se llenaba su carrito de madera, en cuanto a artilugios se refiere a ese evento. Así eran esos años en que el ese sector ya dejaba de ser de solo bares y putas, para pasar a ser comercializadora desde los Sanandresitos hasta los vendedores ambulantes, debido a los desalojos forzosos que tuvo que padecer gente de toda la región Antioqueña, y así mismo en ese sitio en que él vende entre Maturín y Cundinamarca otros también lo hacen en la calle venta de cachivaches, ropa, ‘chunchurria’, frutas, verduras, hortalizas, revuelto, así mismo como la butifarra y papas fritas.

    Guillermo Gutiérrez siguió en ese menester en que se llega a las 8:00 am y al finalizar el día a las siete pasadas de la noche, lleva su carrito a un depósito al lado del centro comercial Los Panches; luego de dejarlo allí se va a una de las cantinas por la calle Amador, encontrándose en la entrada una canción de tango y unos cuantos amigos en la mesa tomando aguardiente, fumando a gusto y con tres mujeres sentadas a ambos lados de ellos; casi siempre al finalizar labores, departía con sus amigos acerca de futbol y que hubiera sido si Gardel estuviera vivo, a lo mejor lo sentarían al lado de ellos para que le cantara “mi noche triste” o “cambalache”.  
    
     Otras veces cuando no paraba ahí, era porque se iba a los billares que quedaban diagonal al Hotel Nutibara, allí también  se gastaba lo que se ganaba “pues el que no llora no mama” y así chupaba aguardiente, apostaba y hacia carambolas cuando su artritis no lo jodía porque si no lo perdía todo como sus amores que no era ni de verano ni de primavera porque “De noche, cuando me acuesto no puedo cerrar la puerta, porque dejándola abierta me hago ilusión que volvés”.

    Eso pensaba él cuando a la cama se metía con licor hasta la médula de sus huesos, para levantarse al otro día y seguir con los avatares de los días en la ciudad de la eterna primavera al compás de la perdurable embriaguez del que ahora duerme su cuerpo cansado y sudoroso. De ese modo, con sus malos hábitos, fue lo que lo llevó a hacer malos negocios a mitad de los años 90’s, cuando ya no le alcanzaba para comprar artículos para alguna temporada que se avecinara. Entonces cambió de oficios, de lustrabotas pasó a cuidador de carros, pasado eso a ‘bultero’ en la Plaza de la Minorista, por la avenida Ferrocarril.

    Estuvo en ese trabajo por varios meses y con lo que ganaba, ya no conseguía para ir a los billares, a las cantinas de la calle Amador; poco a poco su dinero solo le daba para comprar ‘el diario’ pagar una pieza por la avenida de Greiff con Cúcuta. Fue por ese sector en que tuvo un amorío con una prostituta, esta que a la vez tenía una amiga, y que esta se acostaba a escondida con el compañero de la otra.

    Fue así en que una mañana tuvo un ‘tropel’ con ellas dos, al pie de una cantina, con botella rota y una pierna de una de las putas estaba cortada; ellos tres estaban ahí “bebidos hasta la madre” luego de haber discutido, gritado, pegado, cortado. Días después cada uno dejó de saber del otro; así mismo sucedió en el trabajo que dejaron de saber de él, que no volvió a parecer para cargar y descargar bultos.

     De ese modo, Guillermo Gutiérrez siguió con sus pérdidas y dejadez por donde andaba y dormía; primero fue su familia, luego su casucha, y acto seguido el trabajo en la Minorista, de igual manera los lugares que visitaba como las esquinas de la Vera cruz, ya no le fiaban  ni le daban a cuidar sus negocios en la noche, debido a que empezaba a robar para seguir en su ’beba’. Así lo fueron desplazando como le pasó a él años atrás, ahora es el turno de él en que se va sintiendo marginado en cada lugar en donde le conocían como ‘guille’.


     De nuevo se perdió varios años de la zona, que ahora ha sido peatonal todo el sector de la calle Carabobo, lo mismo el viaducto del metro por la calle de Maturín, así mismo la avenida del río que tiene un camino por donde la gente pasa al borde del río Medellín que linda con la plaza de Toros, ese sector, fue idóneo para ‘guille’ pues se encontraba con los mismos que él, así como se les llama, ‘desechables’ que su oficio es ir de bote en bote buscando qué comer, qué beber y en este caso ‘guille’ busca algo más, para dispersar la mente, para ocupar sus manos en algo mientras espera alguna moneda de algún transeúnte por la avenida San Juan, por donde va ‘guille’ pasando cabizbajo cortando papelitos con su transitar por la calle que linda con los Edificios Carré y Vásquez que le dan sombra a este andariego que lo único que tiene, es lo que tiene puesto.      

No hay comentarios:

Publicar un comentario